Influencia de la apariencia en el comportamiento.

La percepción que tenemos de nosotros mismos, que suele ser muy subjetiva, influye claramente en nuestro comportamiento, de ahí que en ocasiones ciertos complejos sean la causa de un comportamiento retraído o inseguro.

A continuación reproduzco un extracto del artículo de Antonio Martínez Ron del 26 de agosto de 2014 en la revista Neurolab.

“¿Qué le pasa a tu cerebro si lo metes en el cuerpo de un niño de 4 años?

Las dos condiciones del experimento: cuerpo de niño y cuerpo de adulto en miniatura (Mel Slater):
Puedes ver la imagen del experimento pinchando aquí.

En este momento estarás tratando de reponerte de la pregunta del titular. ¿Introducir tu mente en el cuerpo de un niño de 4 años? Esto que parece una locura es el último experimento del equipo de Mel Slater, un neurocientífico que trabaja en el Laboratorio de Ambientes Virtuales de la Universidad de Barcelona (EventLAB) y lleva años investigando las respuestas del cerebro en realidad virtual. Mediante un sofisticado sistema de simulación, Slater y su equipo estudian qué sucede cuando hacemos creer a nuestro cerebro que nuestro cuerpo ha cambiado y se desenvuelve en el ambiente de una simulación en tres dimensiones.
En trabajos anteriores, Slater ha comprobado que el cerebro es un traidor dispuesto a cambiarse de chaqueta a las primeras de cambio: si la realidad virtual está bien hecha, y se reciben estímulos coordinados, bastan unos segundos para que la mente reconfigure y dé por bueno que está en un nuevo cuerpo. Este mecanismo es el mismo que funciona en el experimento de la mano de goma, en el que tu brazo real queda oculto mientras el investigador toca un brazo de goma que lo sustituye. Cuando va a pinchar el brazo de goma, la persona retira su mano automáticamente, porque ha interiorizado que el brazo falso es el suyo.
Siguiendo con esta línea, los científicos realizaron el mismo experimento con realidad virtual. El sujeto se pone unas gafas y un traje que traslada sus movimientos reales al entorno 3D, de modo que la prueba se desarrolla como si estuviera dentro de un videojuego. No solo se repite el efecto, sino que se pueden realizar múltiples variables: el cerebro asume con facilidad que el brazo se estire hasta tres veces su longitud, que tienes una gran barriga si eres delgado, o que eres negro aunque seas blanco.
Para su último trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el equipo de Slater sometió a 30 adultos a una experiencia muy particular. Con una diferencia de una semana, les introdujeron en una simulación en la que tenían el cuerpo de un niño de cuatro años con aspecto de niño, y en otra simulación en la que tenían el tamaño de un niño de cuatro años pero con aspecto de adulto. Y encontraron algunas diferencias interesantes.
Lo que intrigaba a Slater y su equipo era la manera en que estas situaciones afectan a la percepción del tamaño de las cosas. En una prueba anterior, investigadores del Instituto Karolinska, en Suecia, colocaron unas gafas de realidad virtual a los sujetos y les hicieron creer que su cuerpo tenía el tamaño de una muñeca de unos centímetros o que eran grandes como un gigante de cuatro metros. Pero aquí no interesaba tanto el tamaño (que, como vemos se puede alterar) sino cómo funciona la percepción del mundo cuando uno cree ser un niño. Todos recordamos la experiencia de visitar algún lugar que frecuentábamos de niños y descubrir, con asombro, que es mucho más pequeño de lo que recordábamos. Nuestra visión del entorno ha cambiado al mismo tiempo que ha cambiado nuestro tamaño. La pregunta es: ¿qué sucede si volvemos a recuperar aquel cuerpo?

Los sujetos indicaban su estimación del tamaño de los objetos:

Puedes ver la imagen pinchando aquí.

El resultado fue que cuando el adulto estaba en la simulación con cuerpo de niño los objetos le parecían considerablemente más grandes que cuando estaba en la simulación en la que tenía el tamaño de un niño pero cuerpo de adulto. En principio ambos avatares tenían el mismo tamaño, por lo que habría cabido esperar que tuvieran una percepción del espacio similar. Pero no sucedió así.
La respuesta, aseguran los investigadores, está en la existencia de un mecanismo adicional de percepción de nuestro cuerpo que va más allá del mero tamaño y actúa a nivel cognitivo. Dicho de otra forma, lo que sabemos que somos (en este caso un niño) condiciona también cómo vemos el mundo y valoramos los tamaños. Para entenderlo mejor nos remitiremos a otros experimentos recientes en el mismo campo. En una conocida prueba con realidad virtual se comprobó, por ejemplo, que los prejuicios racistas disminuyen cuando el individuo adopta un avatar de otra raza. Y que la ropa que lleva el avatar condiciona el comportamiento. Un estudio muy reciente de Slater en Eventlab ahondaba en el mismo sentido. Colocaron a dos grupos en un escenario virtual a tocar el yembé (un instrumento de percusión africano). A unos se les proporcionó el avatar de un joven de color, con peinado de rastafari, y a otros el avatar de un blanco vestido con traje y corbata. Los que asumieron que tenían ‘rastas’ tocaron bastante mejor que los agarrotados encorbatados.

Otro detalle de la prueba: cuerpo de niño y cuerpo de adulto en miniatura (Mel Slater):

Puedes ver la imagen pinchando aquí.

“Los comportamientos”, escribe Slater, “pueden ser influidos por las asunciones que hacemos sobre lo que los demás esperan de nosotros”. Los participantes, concluye el estudio, se comportan como se espera que lo haría su tipo específico de cuerpo. En el experimento, la diferencia está en que cuando crees ser un niño experimentas el mundo como lo haría un niño y no simplemente como lo haría alguien con un tamaño más pequeño. Y esto abre todo un campo para futuras investigaciones sobre nuestra psicología y la manera en que entendemos nuestro entorno.
Referencias: Illusory ownership of a virtual child body causes overestimation of object sizes and implicit attitude changes (PNAS)”.

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